Matrimonios antiguos
Aquellas bodas arregladas

Allá por 1900, el Código Civil permitía que un padre ofreciera dinero como dote para casar a su hija con un buen partido. No era raro ver a un hombre mayor con una niña. Y era común que los varones raptaran a muchachas que les gustaban. Alicia Tovar fue una de ellas y hoy cuenta su historia.

Erick Ortega • Fotos: Archivo Gismondi / Archivo Cordero

Comprate pues pancito, don Jesús”, la muchacha ofrecía, con una sonrisa adicional, el pan de barro que había amasado. “A la vuelta ¿ya?”, respondía el muchacho dando un giro sobre sus talones para mostrarle los blancos dientes a Alicia Tovar. Pasaron los años y Jesús Bermúdez siempre tenía la misma respuesta para la pequeña vendedora. Ambos eran vecinos. Vivían en Oruro y, desde que nacieron, la calle La Paz unió sus esquivas miradas. Incluso sus padres se conocían.

— Don Marcos, comprate pues pancito.

— Cómo pues voy a comer tu pan de barro, negrita.

Don Marcos era el padre de Jesús y aunque veía a Alicia por encima del hombro, siempre tenía por lo menos una sonrisa para ella.

“Papá, me quiero casar”, dijo un día Jesús. “¿Cómo, y con quién pues?”, le habría contestado el progenitor. “Con la negrita”.

Casado con la fotografía

El año que nació Alicia, 1904, Doménico Gismondi arribó a Bolivia. Él dejó San Remo, Italia, y buscó nuevos aires para su reciente afición: la fotografía. Pronto abrió su estudio en pleno centro de la ciudad, a pocas cuadras de Julio Cordero, uno de los primeros fotógrafos del país.

Los dos tomaron fotos a la mayoría de los personajes importantes. Era la época de los sombreros de copas altas y los vestidos que no dejaban ni un espacio de piel para la vista de los curiosos.

Los retratos de Julio Cordero tenían una característica, llevaban por delante la costumbre del fotógrafo de hablar con sus clientes. Escuchaba las quejas de republicanos contra liberales y de liberales contra republicanos. Eustaquia, su esposa, era la encargada de la decoración o fondo para las tomas del público visitante. La calle Recreo estaba ubicada entre la plaza Venezuela y la iglesia de San Francisco, allí funcionaba el estudio Cordero. Cuadras más arriba estaba el laboratorio de Gismondi; aunque el italiano prefería tomar una gran cámara y viajar. Era retratista oficial de los presidentes de comienzos de 1900. “Hacía trabajos de minas, puentes, ríos y nevados, a todo lado iba”, cuenta su nieta Graciela, quien heredó la pasión del abuelo.

Doménico trasladaba su equipo fotográfico en mulas y carretas y cubría contratos en los pueblos que rodeaban a la ciudad. Su especialidad eran los matrimonios.
 

La chola, en los albores del milenio pasado, era muy codiciada. Su sombrero de copa alta era sinónimo de un elevado status social. En las fotos, ella parada; él, sentado.
 

La foto, que ya tiene más de 100 años, refleja la diferencia de edades entre el varón y la mujer. Para las mujeres no existía otra opción más que aceptar la voluntad varonil.


Un “no” como respuesta

En 1920 ya había un matrimonio en puertas. Pero, la respuesta no dependía de “la negrita”.

“Yo era una hualaycha, imilla sonsa y sólo sabía ofrecer pancito a don Jesús y don Marcos”, Alicia confiesa ahora que nunca pensó en casarse con él; sin embargo, su destino estaba en manos de aquella familia que casi nunca compraba su comida de barro. Lo único que hacían los varones era ofrecerle una blanca sonrisa.

Don Marcos se opuso. Luego tuvo que ceder al deseo de su hijo. “Hablale a su mamá”, fue el ruego de Jesús a su padre. Así lo hizo.

Después de una charla de rutina entre Marcos, padre de Jesús, y Luisa, madre de Alicia, brincó la confesión: “Quiero que me dé a su hija para Jesús”, ella escuchó la propuesta. No daba fe a sus oídos y pidió un tiempo para meditar. “Todo el día estuvo llorando. Yo le pregunté si le debía dinero a don Marcos y me dijo que no”. La muchacha estaba preocupada.

Por consejo de la madrina de comunión de Alicia, quien le dijo que los Bermúdez no tenían “buenas intenciones” y que “ellos deben buscar una señorita bien, de vestido”, Luisa esperó a Marcos con una respuesta decepcionante.

“Mi mamá no me quiso dar”, recuerda Alicia, quien esa misma noche conoció, de los labios de su madre Luisa, cuáles eran las pretensiones de Marcos y Jesús.

Jesús era joven y se dedicó a jugar fútbol. Sin embargo, tenía el amor atravesado en su vida y su corazón. Y él no estaba en condiciones de ceder ante nadie.

¿Cuánto vale su hijo?

En 1831, durante el gobierno del Mariscal Andrés de Santa Cruz, quienes sí cedían eran los padres de las muchachas que entraban al umbral del matrimonio. El presidente de ese entonces legitimó la dote en el Código Civil. Debido a esto, los matrimonios se convirtieron en acuerdos comerciales donde un suegro debía tentar al futuro yerno con dinero y terrenos para la constitución del nuevo hogar. De esta manera, también lograban conservar una clase social que predominara en la sociedad sin mezcla de sangres.

Años atrás, la práctica ya era común en Europa. Por esa razón, los matrimonios tenían en el altar a hombres maduros junto a muchachas casi niñas. Así, por un acuerdo comercial, los padres de Simón Bolívar se habrían unido para mantener un nivel elitista dentro de la sociedad venezolana. El padre del Libertador, Juan Vicente, desposó a Concepción cuando tenía 40 años y ella 18.

En 1900, mediante una dote, los varones podían obtener a las mujeres de su elección. El abogado Hermógenes Avilés se enamoró del aire tarijeño de Ana Moreno Borda y no se dio tiempo para conquistarla. “Antes de que nadie diga nada”, el abogado desposó a la colegiala, relata su hija Arminda Avilés Moreno, de 91 años.

Mercedes Cárdenas Aspiazu, quien ahora tiene 82 años en su cuerpo cansado, cuenta la historia de su abuela. Nicanor, su abuelo, se decidió. Fue al liceo El Buen Pastor (ahora en esas instalaciones funciona el colegio Inglés Católico), donde ella estudiaba y se la llevó a Wara, población de Sud Yungas, sin que ella pudiera siquiera dar a conocer su opinión al respecto. Se casaron, pero por algún motivo, él no la dejó ir ni un paso más allá de los límites de su hacienda. La joven le dio 12 retoños en la finca. “Eran tantos los hijos que tenían que llevarlos al cura para bautizarlos de dos en dos”, cuenta Mercedes, nieta de la pareja wareña. “Creo que él era un terrateniente con mucho dinero”, contesta al ser consultada por la ocupación del abuelo.

Mercedes también recuerda historias que le contaba su abuela, cuando ella era aún niña: “Antes la novia tenía que ser virgen. Luego de casarse, el esposo debía sacar las sábanas con sangre y mostrarlas a sus conocidos. Si no estaban manchadas, podía incluso producirse una separación”.

Los hombres que contraían nupcias, sólo necesitaban que las mujeres sean buenas señoritas de familia. A ellos, nadie les exigía nada. Ahora, en el Hogar Quevedo, de las 35 internas que existen, ninguna de ellas sabe algo al margen de las labores de casa.
 

Los silueteados que se hacían en las fotografías fueron un boom en 1900.

El espacio en el cual Julio Cordero trabajaba era decorado por su esposa.

Los diez centavos

Alicia sí conocía a fondo las labores de casa. Pero lo que más le gustaba, a sus 16 años, era hacer panes de barro. Sentada en el umbral de su tienda ofrecía su producto, una mezcla de tierra y agua.

Era 1913 y don Marcos se acercó a la niña. “Vino a waytearme (rondarme) de pronto. Luego me dijo: 'Alicita, cierra la tienda y acompáñame a recoger algo de la estación'”. Ella, entonces, tuvo miedo y le contestó que su mamá la podría pegar si no la veía en el lugar que la había dejado.

Al recordar, Alicia une el índice y el pulgar de la mano derecha y repite la frase que aquella extraña tarde le dijera don Marcos y con la que la acabó convenciendo: “Te voy a dar diez centavos”.

Protestó, peleó y arañó a don Marcos. No pudo evitar que la lleve a Vinto. “Allí me entregó a su hijo”. Se casaron en una notaría y su esposo, casi cinco años mayor, le hizo sacar muchas fotos. “No quería ni mirarlo. Él me decía: 'Vas a ser mi mujer y no vas a volver a ver a tu madre'”. Se cumplió lo que le dijo.

El pasado que era futuro

Una de las formas de poder perdurar en el tiempo está en la fotografía. Aunque Gismondi y Cordero ya no viven para retratar a sus clientes, los nietos tomaron la posta.

Julio Cordero guarda en dos habitaciones todos los retratos hechos por su padre y su abuelo. “Estoy esperando un nietito”, confiesa antes de lamentar que ninguno de sus cinco hijos hubiese heredado la pasión que él sí había continuado de su padre. 

Graciela Gismondi tuvo suerte. Su hija está siguiendo sus pasos y la herencia fotográfica de su apellido vivirá muchas décadas más.

La última morada

Alicia vivió dos décadas enamorada de Jesús. Pero, un día de esos el orureño dejó de respirar. La niña que hacía panes de barro se vio de pronto sola a los 36 años y con tres hijos que criar. “Sus amigos (de su esposo) querían casarse conmigo, pero yo no quería”.

Sola logró levantar su hogar; aunque sólo le queda un hijo, de los tres, que habita en Argentina, los otros dos murieron. Desde 1978 vive en el Hogar Quevedo y tiene un nieto que la visita todos los fines de semana. Aunque a sus 97 años siente dolores que le ponen el rostro triste, al hablar del pasado parece revivir y muestra orgullosa, a cualquier visitante, la fotografía de 1938 que les hicieron a su marido y a ella cuando él era joven y estaba enamorado de la niña de los panes de barro

 

 

(fuente la razon)